El recuento.

Publicado: 28 diciembre, 2014 en Adoraciones., Fetichismo., Tortura por la memoria.
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Querida mía:

Hacia finales de diciembre algunas de mis ex amantes suelen enviarme un recuento de su año sexual pidiéndome a cambio un recuento de mi parte. Por supuesto, tú formas parte de este recuento y, como suele ser de nuestra parte, es este un juego refinado entre jugadores sensuales acostumbrados a contárselo todo cuya meta es el amplio disfrute al hacerlo. He recibido un largo mensaje de correo electrónico por parte de una de ellas quien, en su momento, fue la más interesante y prometedora en las artes del erotismo y las vías de Síbaris, me explico: alumna deslumbrada, siempre dispuesta a experimentar, jamás asustada sino asombrada ante el abanico de posibilidades eróticas que fui descubriéndole poco a poco. Hermosa, cultivada ya desde su casa, sólo necesitaba un ligero empujón para entrar con honores por las puertas de jade del sexo. Bien, en su mensaje -te decía-, me contaba de un chico que la pretende. Ella juega a esconderse una noche sí y otra también. De repente se le entrega el día menos pensado: le cita en un hotel del centro, nada original, algunos juguetes, vendas en los ojos y le descubre un trío con otra chica. El chaval, podrás imaginarlo, se ha prendado de ella al grado de amenazar con quitarse la vida si ella sigue desdeñándole. Lo sé: parece un argumento sacado de alguna película de Douglas Sirk pero eso le ha dicho, con eso la ha amenazado. ¿Y qué ha dicho mi capullo dorado, mi loto radiante y surgido del fango? ¡Pues que se mate, pero que lo haga delante de ella pues eso le proporcionaría el orgasmo más sucio, más amplio y arrebatado! Me ha dicho que el chaval este se ha puesto a deambular por la casa de ella. Me ha dicho que en la biblioteca comenzó a notar los objetos que sólo siendo un émulo de Otelo podía notar. Vio la figurilla de marfil que conseguí en una tienda de antigüedades y le regalé y mandé fijar sobre una placa de plata con la inscripción: En recuerdo de una costa, cuerpos ardientes y champagne helado. El chico ha sostenido la figurilla entre los dedos y la ha vuelto a dejar ahí.

-¿Qué es esto?

-Un par de amantes chinos follando de lo lindo ¿no ves?

Descubrió o vio por primera vez, que para el caso es lo mismo, la reproducción en madera que le mandé a hacer a ella de un falo dionisíaco, desenvolvió los libros (envueltos en terciopelo rojo para más efecto) que le había yo dedicado (en el certificado) deliciosamente eróticos, esas primeras y raras ediciones conseguidas a altos precios a cambio de su asombro y no de su cuerpo pues este ya me pertenecía. Así leyó títulos, recitó poemas, tocó figuras, sopesó objetos y se sintió derrotado. Alguien más versado en las artes del amor y el erotismo había sido pareja de ella, de su adorada gatita perversa.

Me quedé un rato sentado ante la pantalla del ordenador, la cabeza echada atrás, sobre el respaldo del sillón, sonriendo. Esta chica me había dado un hermoso regalo de fin de año. No sé qué va a pasar con el chico. No sé qué va a pasar con ella, con ambos. Yo quisiera que siguieran juntos. Yo quisiera que ella me lo contactara para darle algunos consejos. Yo desearía que, transcurrido un año, cuando él se canse de ella y ella le deseche como a un juguete gastado, me escribiera ese muchacho contándome sus nuevas aventuras. Yo querría que fuera feliz yendo por ahí: descubriendo la vida y el sexo y el amor que dura cien años sólo en los versos de los poemas porque, en realidad, todo se limita a un recuento de fin de año.

El juego.

Publicado: 4 septiembre, 2013 en Masturbaciones., Seducciones., Tortura por la memoria.

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Una copa en un bar, una conversación trivial que deriva en detalles sobre arte o letras. Al final de la noche los llevamos a la cama. ¿Qué se le va a hacer? En tu caso él paga la habitación de hotel, en el mío pago yo. Pero antes del acostón nos entregamos al dolor.  

-¡Él me es infiel! Recibe por E-mail mensajes de mujeres que lo admiran, lo citan, lo invitan a fiestas, a galerías, exposiciones y museos. Chicas que se creen escritoras y le envían cuentos y libros para que él les de consejos. Prefiero ser puta a la novia fiel. 

Él te dice que no entiende cómo dejo sola a mujer tan bella. Tú haces cómo que lloras. Quizá lloras de verdad acordándote de algo que te duele en serio. Después te entregas, te abres, él te penetra con ansia, deseo, sintiendo que me quita algo que me pertenece. Se siente orgulloso de poseerte. De uno a tres orgasmos después -te conozco, nena-, te encoges en la cama. En silencio lloras vuelto el rostro, el cuerpo, hacia el otro lado. Él se apoya en el codo, sobre tu hombro te mira.

-¿Lo amas? -te pregunta, sintiendo ahora algo de envidia.

Te vuelves un poco. Le sueltas un beso en los labios.

-¿Acaso no amas a tu mujer?

-Mi esposa…

-¡Ven! -lo atraes, lo envuelves, lo engañas-: ¡Bésame, amame otra vez!

En mi caso ha sido tan fácil. Ella es muy joven. Admira mi obra pero sobre todo -me ha dicho-, mi forma de mirarla cuando desnuda camina por el cuarto de hotel.

-Me siento más desnuda cuando me miras caminar desnuda.

Le cuento que tú debes estar haciendo lo mismo. En sus ojos veo ternura, comprensión, un poco del dolor que le he sabido transmitir.

-No me cuentes más. Estás conmigo. ¡Mi cuerpo es tuyo! Gózame y olvídala. Quiero ser tu niña los fines de semana, cuando nos vean juntos, tu alumna, tu “fan”. Quiero ser tu puta por las noches. Tu puta secreta. Yo me entregaré a ti toda. Escríbeme un cuento. Dedícame un poema… No hables de ella.

Jugamos, en una palabra. Hacemos creer a ese chico, a esa chica, que cada fin de semana que nos escapamos con ellos, son nuestros paraísos clandestinos. 

Y a fin de mes nos contamos nuestras infidelidades.

Comparamos tamaños, besos, olores. En la íntima exploración de los cuerpos de ellos hemos llegado a localizar sus lunares. Yo te digo qué lunar en ella me resulta más placentero lamer o besar. Tú me señalas dónde los tiene él. 

-Cómo tú tiene uno en medio de los testículos…

Me río pues ella -describo-, lleva orgullosamente tres lunares en la lengua y uno en el capuchón del clítoris. Nos quedamos pensativos.

-Hagamos una fiesta. Invitémoslos a todos. Veamos primero cómo reaccionan cuando él vea que yo estoy presente, veamos cómo reacciona ella cuando te vea. Cuando conozcan a los otros. 

-¿Y los otros también?

-¡También! Deben conocerlos. Espero les agrade entrar al clan.

-Más de uno se va a poner una encabronada de aquellas…

-Ellos aceptaron, ¿no? Él sabe que eres mi pareja. Se exponía a que lo alcanzara el fuego. Ella… bueno, ella me conoce a través de lo que escribo. No son inocentes, en todo caso les hacía falta conocerse. Les hemos mostrado su propio rostro. El que no quieren ver… Ok, ok, sonó a filosofía barata.

Nos reímos.

-¿Marcamos sus números?

-¡Va! Pero después de follar aquí y hasta en el patio, cerca del zaguán.

-Eso tenlo por seguro, nena.

Y es que siempre debe haber una cláusula que en el contrato no escrito del juego diga: placer garantizado.


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Me dijeron de una chica extraordinaria -y cuando digo extraordinaria es en el pleno sentido de la palabra-, que cuando experimenta un orgasmo dice tener visiones celestiales.
Le dije a aquél que me lo ha dicho que le cuente que yo también.
Creo que ella y yo podríamos reescribir “La Divina Comedia” en la cama.


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Enyel es una chica que apenas rebasa los 20 años. La conozco desde que era una niña porque su casa está situada al lado de la casa de mis padres. Desde pequeña ha visto en mí a una especie de maestro que le proporcionaba buenas lecturas eróticas que, me confesaba, ayudaban a despertar esa gatita salvaje que llevaba dentro y que muy pronto empezó a jugar con algo más que un ovillo de lana. Hace ya tiempo acudió a mi llamado y me pasó este texto breve dónde cuenta una de sus aventuras. Me ha hecho sentir orgullo de sus tácticas, sus emociones que afloran discretamente cuando ella así lo dispone (en la intimidad de un hotel, por ejemplo) y de su -en una palabra- ganas de carne para sus afiladas garras. Transcribo sin cambiar nada su cachondo relato y la imagino, sonrío y digo: buena Enyel, buena alumna aventajada…
 
Estaba caminando con mi caniche una mañana sabatina cuando de repente ya me estaba haciendo una trenza para no aburrirme, estuve a punto de caerme, entonces pensé ¡Casi me coge el suelo!… Medité, analicé lo que pensé y decidí una manera divertida de hacer un resúmen de los que me he cogido, sólo por diversión y para recordar buenos tiempos, pero más que nada para gozar junto con ustedes mis memorias del 2012. Sin embargo después de postergar tanto el relato y conociendo que soy una romántica (a pesar de que sí quieres ser la gran puta deberías no sentir nada y sólo coger sin mezclar sentimentalismos sólo el placer, me encanta saber que hay alguien que no me usó y que realmente me hizo el amor). Así que lamento decepcionarlos y dejar mi conteo de siete resumido a uno al cual lo dejaremos como Él. Él no tiene buena ortografía, él ni siquiera es guapo para el público ni es expresa con palabras sus sentimientos. Tiene 24 años, es un «Pipope» definido por el vox populli como “Pinche Poblano Pendejo” y como ellos “Pieza Poblana Perfecta”. Nos conocimos en persona por que él es de seguridad del pub de mi preferencia en La Ciudad de los Ángeles, es parlanchin y yo me atreví a pedirle su Facebook. Al principio charlábamos lo normal, yo sé que empecé siendo el contacto que siempre tenía conectado y quería charlar con alguien. Sólo salimos una vez, gracias a esa salida aparece en mi mente la frase (de mi autoría por cierto) “No es la salida sino el día que pasé contigo”. Regresé a mi «ranchito»… Una parte de mi deseaba que me siguiera hablando otra aceptaba la cruda realidad de que ya no seguíamos hablando. La realidad se equivoco. Con el tiempo seguimos hablando como sí nos conociéramos de siempre, mi vikingo y yo texteabamos todo el tiempo. Llegó mi mes, eso significaba dos cosas: Mi cumpleaños 21 y regresar aunque sea por un fin de semana a la tierra del camote. Él lo sabía, ya teníamos planes. El viernes fui al pub, lo vi. Me abrazó. Nos pusimos nerviosos. Tomé una cerveza estuve un rato y me fui al hotel con la promesa de que lo vería al día siguiente. Sin embargo esa noche, uno de mis amantes apareció y tuve que despedirme de aquel que me enseñó a vivir en pareja, que me mostró lo que es vivir con un hijo y esposo. Con el que yo era la que mandaba en todo excepto en el nido, ahí yo era la gatita indefensa que era usada a su antojo después de un día pesado, a quién jodía como quería y como podía… Me decía que era su Damita, yo lo sé. Eso de ser una dama para la sociedad y una puta en la cama se me da. Pero como toda historia de mi repertorio la terminé, no por que me molestará que tuviera un hijo, culminó lo nuestro el día que después de que la madre de su vástago le dijera que volvieran el lo pensó. Dieron las 2 de la tarde. Caminé hacia el zócalo, iba nerviosa. Me miraba en cada maldito espejo, sabía que llevaba lenceria, me sentía deseable, sabía que me volteaban a ver, lo vi, sonreímos nos saludamos y fuimos a comer. Todo fue como una salida de amigos, platicábamos y reíamos. Amo a mi madre… Bueno amo que me mande a comprar cosas. Nos adentramos en el Parian para comprar talavera, teníamos que ir a dejarlo a la habitación, Él me acompañó. Como buena anfitriona, le dije que se pusiera cómodo, le sugerí quedarnos viendo películas. Él accedió. Nos quitamos los zapatos y nos acostamos. Honestamente la película fue la peor producción mexicana. Pero las cosquillas fueron el ingrediente perfecto para nosotros. Me besó. Nos besamos como desesperados, como sí no hubiera un mañana, pero es que no sabía sí iba a existir. Fuimos a cenar, como sí fuésemos pareja, regresamos al hotel, fue un toque exquisito que el botones le preguntará que sí estábamos de luna de miel y que el contestara que estábamos visitando los suegros. Subimos las escaleras riendo, en el pasillo el me acorraló, me miró fijamente y acercándose a mi boca me beso nuevamente, pero ahora sentí su mano en mi pecho. Fuimos a la habitación y de nuevo le dije que se pusiera cómodo. Yo hice lo propio, me puse mi pijama, nos acostamos. Empezamos a besarnos, mi inocencia proyectada no dejó que sus instintos me hicieran suya. Me empezó a desnudar, mordió mis pezones, no se que sucedió que en otra toma yo estaba sobre de el desnudándolo… Jugamos a ser esposos, el me llenó de besos, me hizo sexo oral, un sexo oral que aún cuando juego con mis dedos lo recuerdo sin problema alguno. Me jaló hacía y empecé a sentir embestidas, suaves como la delicadeza que puedes poner cuando estas desflorando un oráculo pero después fueron más rápidas y constantes. No logré que se detuviera, ni con mis quejidos ni gemidos, cada queja era como sí lo excitara más, sabía que estaba haciendo bien su trabajo. Me separé de el, Él me miró extrañado, me sonrió de forma extraña, me besó mi frente me levantó y me volteó. levantó mis caderas dejando mis glúteos levantados, los mordió y lamió mi sexo, se acercó a mi oído y me pidió una disculpa.
No entendí el por qué de ella hasta que lo sentí dentro, su miembro realmente me quitó la virginidad que aún tenía, sentí como sí algo se hubiera roto, no se qué acabó sucediendo sólo sentí dentro que me estaban entregando el orgasmo más prolongado que he tenido. Lo tenía que agradecer, así que aún excitada como estaba lo recosté y me subí en él. Lo cabalgué hasta que me volví a correr y está vez fue mutuo, lo hice tener un orgasmo. Seguimos en nuestra jornada hasta que caímos rendidos. Cuando desperté noté que el me estaba abrazando, es cuando entendí que ese hombre que se jacta de ser un “Vikingo Nórdico” realmente no es tan rudo, me salí de sus brazos y él me jaló, besó mi lunar de mi hombro izquierdo, susurro un “No te vayas”, regrese a el y lo besé. Volvimos a hacer el amor…
 
Y así, Enyel me dejó queriendo saber más y sé que a ti también. Es un juego de su parte. La conozco muy bien. Así que aguardo impaciente la continuación de esta cachonda aventura de lolita tardía.


Cibersexo
Querida mía:

Fuí sorprendido ayer (¿fue ayer?) cuando a una chica con quien sólo había conversado una vez a través del chat de Facebook le gustaran tantas de mis “posts” en mi “muro”, mi página de escritor en esa misma red social y también este, nuestro blog. Realmente no sé si fue ayer o antier, el dulce desvelo que pasé con ella, el agotamiento sexual al final de una larga sesión y el haberla descubierto, bueno, pudieron conmigo como añadidos a los desvelos previos, lecturas y escritura de textos que tenía comprometidos de antemano con los editores. Quizá no importe tanto cuándo haya sido como el hecho que la velocidad, tantas veces insensata, en este mundo virtual y enajenado, nos haya llevado al cibersexo más placentero y enloquecido. Una experiencia intensa que, aunque yo ya he conocido muchas veces antes, se renueva con cada nueva participante. Esta vez se ha añadido un elemento trascendente al deseo: ella ha aceptado ser mi nueva sumisa tras mi pérdida casi trágica de “K” con su viaje a otro estado del país. Mi nuevo placer, mi nueva sumisa, me ha escrito este poema dónde deja traslucir la aceptación total de ser una aprendiz entregada al sexo, a mis órdenes y a mis deseos. Ya le he entregado un cibercollar y por este hecho era lógico llamarle con el nombre más antiguo y adorado: Desiré.

***La primera vez que haces algo sientes una cosquilla bien chida
por la novedad, la emoción, las ansias, el aprendizaje
y si además el ambiente está cargado de sensualidad, de erotismo, pues el placer, la cosquilla, se multiplica por mil.
Este es el diario de Desiré, el deseo, “La Lolita de Pauner”. Desde este nuevo inicio entiendo el placer desde otro ángulo y me entrego a ello.
B[desiré] ***

LETRAS MÁGICAS
Desiré, quien por cierto no sabía que lo era,
leía excitada cada palabra en “El sueño de Hipolite”,
se descubrió mojada y agitada
ella imaginaba, se imaginaba siendo ella
atada, con cadenas, se prendía cada vez más.

Y entonces él apareció
Desiré sabía que algo en él le atraía mucho,
pero no estaba segura del qué hasta ese momento,
platicas que pasaron en un instante
de cócteles y hormonas, al clima y luego al clímax,
a la lujuria, al sabor de saberse deseado,
al olor del semen al ser eyaculado.

Desiré sabe ahora qué le gusta,
que sus ojos son tan intensos como sus letras,
sus palabras,
la sensualidad que emana
la envuelve aún en la distancia,
y la ponen cachonda,
muy húmeda, él lo sabe,
y lo disfruta tanto como ella.

Ahora, por primera vez en 26 años,
Desiré se desnuda frente a una webcam
él la mira, la disfruta,
ella se entrega al juego
se disfruta,
dedos y dildos improvisados
entran y salen de su vagina húmeda,
él la observa mientras se comienza a tocar.

Desiré, cierra los ojos, lo ve frente a ella
siente su mirada,
su sonrisa traviesa,
su respiración en la cara;
él, la sabe caliente,
sabe que con una palabra,
con una mirada
es capaz de llevarla al orgasmo.

Los abre, se miran sonriendo,
él no ha terminado,
y ella lo ha hecho ya varias veces
Desiré, deseo, ahora se sabe deseo,
le encanta la adrenalina la sensación de ser deseada.

Desiré, Mi ternura,…la bautizo él,
y con un orgasmo más intenso
alcanzado por ambos al mismo tiempo
ella lo acepta, se acepta.

Ha comenzado el juego
¡Bendita Calipigia, virgen, mártir y Lolita;
tu límite es tu deseo,
el riesgo… necesitarlo más!…


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Querida mía:

Desde hace tiempo conozco a una encantadora chica que vive en la ciudad de Guatemala y a quien he visto crecer sin dejar de ser una dulce lolita aniñada a sus pocos veintitantos años. Quien le conoce y mira esa cara de niña no imagina su edad. Y sus maneras son las de una niña-mujer también. Suele dirigirse a mí como a su “padre” debido a que he jugado el papel de maestro suyo, muchas veces, y en ese juego seguiríamos de no ser por lo que me ha confesado esta noche, sorprendiéndome. Le llamaré Hipolite, nombre que ella misma se ha dado. ¿Te parece rebuscado? A mí, desde esta noche, me parecerá el nombre más encantador de entre muchos… Te diré ahora por qué.
-Padre -me dijo-, soñé contigo.
Arqueé las cejas. Le pedí que me contara más.
“Era como en la playa”. Pude ver la playa o, mejor, escuchar las olas pero no podía ver el mar, en cualquier caso no importaba, yo mismo era ella. Todo lo percibía en su propia piel mientras lo narraba. “De noche. Habían como mini oasis con gente, en su mayoría chicas, todas de blanco.” Percibía el aroma de la sal marina en el aire y el aire mismo pero también el de la sal orgánica… “Y ahí estabas, con dos mujeres. Pasaba de todo en los oasis, la gente lo hacía sobre camas o sofás blancos” Le pregunté si ella también iba de blanco. “Sí, con un vestido. De repente sentí una opresión en el cuello. Era una cadena”. Aquello me sorprendió. Dejé de ser ella para encenderme. No pude evitar una erección en el momento justo que dijo la palabra “cadena”. “Alguien tiraba de mí. Caía de rodillas sobre la arena, el viento soplaba”. La atmósfera me envolvió. Estaba ahí, de hecho. Le miraba, desde una cama. De rodillas al pie de esa cama. “Dominabas el sitio. Tenías una chica morena a un lado y una rubia en el otro. Había algo místico pero a la vez perverso en ti”. ¿Qué sensación te inundaba? Le pregunté. A mí me inundaba el deseo pues estaba ahí, con ellas, en esa playa situada en dos lugares y en uno sólo a la vez, en dos mentes, en una sola línea tensa de oscuridad erótica. “Sentía que era una esclava. Me sentía una esclava. Eso está en mi subconsciente… me perturba…” La erección amenazaba con brotar, salvaje y húmeda, desde la cremallera de mi pantalón. ¿Qué pasaba entonces? “Tenía… todo se llenaba con el deseo. Yo sentía… deseaba que alguien me hiciera suya. Que alguien me llevara a una de esas camas…” ¿Que fuera yo? Le solté de súbito. Ambos sabíamos que tendríamos que llegar a esa pregunta. ¿Te importaría si hubiese sido yo quien te llevara a mi cama o si te hubieran llevado, mejor dicho, a mi lado? “Me importaría un poco… un poco, sí… Hubiera sido incesto”. Pero en realidad no nos une la carne de esa manera, intenté explicar, y bien puede unirnos de esta otra forma, más encendida y totalmente física. “Eso me perturba”.
Sería nuestro ceremonial. Nuestro solamente. Y tú la única esclava y sólo habría una cama ahí, entre antorchas flameando. Pero también, si me permites entrar en tus sueños y entrar en ti luego, en el ardiente mundo de la vigilia, cuando la ciudad nos obligue a escapar a esa playa, podríamos invitar a todos aquellos seres que has conocido en tu sueño a nuestra boda dionisíaca. Una orgía interminable cuyos filamentos surgen del mundo onírico y contaminan la realidad. ¿Lo deseas de verdad? “No lo sé” Me responde. En tu subconsciente están las respuestas -le digo-, en esa oscura zona que temes mirar otra vez.
Y así finalizo, diciéndole:
Esta noche te visitaré en sueños. Mañana… ¿quién sabe?


IMG_20121119_191136Querida mía:

Hoy he estado charlando con una lúcida cómo inconforme poeta (¿quién puede estar conforme en este estercolero, esta barriada cósmica que arrastra la cola por los cielos, como aludiera Eros Alesi alguna vez?) que escribe con el esclarecedor seudónimo de Mallinalli Balazo. Te recomiendo que busques sus blogs en la red. Conocerla ha sido una revelación: es siempre reconfortante encontrar a una exploradora del placer como uno mismo allá fuera. Me siento ampliamente reconfortado de haber dado con un espíritu afín a ti y a mi, mi loba de las sábanas. A Malinalli, de acuerdo a un verso de su propia inspiración, le llamo “mujer jaguar”. Conservo el título que ella misma ha puesto a esta narración que nos participa de autodescubrimiento. Cedo la palabra, pues, a Mallinalli Balazo.

La Dama Hombre.

Escena 1

Llegó Mariana con sus ocho amigos de D. F. de todos ellos, sólo ubico a René, su novio. Hay uno que sobresale, uno cuyo bigote a la Brandon Flowers atrapa mi atención.

La terraza huele a humo picante y risas, las cervezas vuelven más animosa la plática. En mi viaje y papel de anfitriona, sondeo a los invitados para ver si todos están cómodos. Para mi sorpresa, Gonzalo, mi mejor amigo gay quien tenía apenas 15 minutos de haber llegado, mira fijamente a “Bigotito”, parece estar cautivado.

Tenía Gonzalo apenas unas dos horas en la verborrea cuando anunció que se iba. Volteé a ver la hora e iban a dar las 10 de la noche, posterior a los ruegos de todos para que hiciera lo contrario, se despidió; lo tomé del brazo para acompañarlo a la puerta, ya en la sala, pellizco su nalga pícaramente:

-¿Por qué te vas tan pronto odiosito?

-Estoy pacheco y ya no sé lo que hago.

-¿Y eso qué tiene que ver? Otras veces has estado peor con gente desconocida.

-Sí, pero es que no puedo dejar de mirarlo, creo que se dará cuenta. Mejor me voy.

– ¿A quién?

– Ash, no te hagas, si te diste cuenta que miraba a “Mr. Brightside” como idiota.

– Ja, ja, ja; ¿verdad que se parecen? Y claro que lo noté, pero me gusta fingir demencia para ver con qué ocurrencia me sales

– No disimularé miradas inquisidoras contigo mañosita, y ya bye, te marco mañana para ver qué hacemos

– ¿De plano? Bueno, Allá tú.

Después del fuerte abrazo y el besito de pico, regreso con los demás, intento ponerme al corriente de la charla, pero no puedo dejar de observarlo. No estoy segura si es mi paranoia pero me da la impresión de que él también está haciendo exactamente lo mismo conmigo: lo caché dos veces mirándome las manos y una más mirándome al hablar.

Escena 2

Un día cualquiera platico con René por Messenger, sale al tema la ocasión que él y sus amigos visitaron la ciudad -voluntaria o involuntariamente- comentamos de cada uno de ellos pero mañosamente pregunto más por el chico de bigote interesante. No recuerdo bajo qué pretexto solicito su correo electrónico. Lo agrego.

Después de un par de días por fin me acepta. En cuanto veo que se pone “en línea” establezco contacto. Conversamos sobre música, libros y el viaje -ambos-. Tratamos diversos temas, pero repentinamente me descubro charlando con un enfoque un tanto perverso y provocador. Poco a poco se construye una extraña complicidad. Hablamos de nuestras cogidas, o mejor dicho, de nuestras prospectas para coger.

Escena 3

Ya es de noche, casi las doce. Platicamos como cualquier otro día por el chat. Me comenta que saldrá con una chica y quiere cogérsela, yo lo insto a ponerse algo sexy. Comenzamos a indagar su vestidor.

-¿Tienes una camisa negra?

-Sí.

-Un pantalón gris y una camisa negra, con tus botas estilo Johnny Cash.

-Me agrada.

-Grrrr.

-Ja, ja, ja, ja.

Escena 4

Nuevamente charlamos de cualquier cosa; me pregunta si saldré de vacaciones, respondo que no, que me quedaré en casa. Después de un rato comenta que le gustaría conocer mejor mi ciudad, que si podría recibirlo; yo sonrío maliciosamente y respondo con un “a huevo, me huele a plan”.

Acordamos que lo hospedaría en mi casa y comenzamos a coquetear a través de Messenger. Un tema lleva al otro, y de pronto me comenta que hay una canción que describe su estado de ánimo.

-¿Cuál canción?

-I wanna be your dog.

-No la ubico.

-¿The Stooges o Iggy Pop?

-Los grupos los ubico, pero la rola no.

-Espera, te la mando.

Escena 5

Mariana y yo enfilamos rumbo al aeropuerto. Lo veo después de meses; justo cuando camina hacia nosotras me doy cuenta por qué me genera tanto morbo. Nos saludamos muy tranquilamente.

Después de haberle dado vueltas a los sitios de interés, llegamos a mi casa casi de noche. Fumamos mota y platicamos de mil temas. Después de un bostezo, comenzó a extender su sleeping bag tirándose sobre él. Continuamos en la plática hasta la madrugada.

-¿Estás seguro que quieres dormir en el suelo?

-Sí, no te quiero incomodar.

-A mí no me incomoda.

-De verdad, aquí estoy bien.

Apagué la luz. Me acosté en mi cama y él siguió en su sleeping bag, después de cinco segundos de oscuridad alguien comienza nuevamente la plática. Mientras la charla fluye escucho que se mueve constantemente. Supongo que está incómodo e insisto en preguntar si está seguro de querer dormir en el suelo. Entiende mi mensaje y accede a subir.

Se acomoda en la orilla de la cama dándome la espalda, un silencio extraño se hace presente. Supongo que en algún momento comenzará nuevamente la charla, pero no. Pasan alrededor de quince minutos, sigo con los ojos abiertos mirando su silueta. Pienso que él es demasiado decente, no se atreverá nunca a tomar la iniciativa, mucho menos. Continúo observándolo, de pronto algo tibiecito sacude mi entrepierna; en efecto: estoy excitada. Tengo presente que me genera un tremendo morbo saber lo que sería manosearlo, ¿Cómo será su reacción?

Decido acercarme hacia su espalda y abrazarlo pero no hay una reacción ante mi acto. Coloco mi mano sobre su abdomen por unos minutos, espero a que despierte pero sigue aparentemente dormido. Mientras estoy a la expectativa de que algo suceda, recuerdo la canción de The Stooges “…In my room I want you here, now we’re gonna be face-to-face, and I’ll lay right down in my favorite place…” ¡Pues a ver si es cierto! Pienso. Comienzo a bajar mi mano lentamente hasta tocar su ombligo para luego dirigirme a su pelvis; levanto suavemente su calzón, me encuentro con un pene dormido. Toco primero la base y recorro lentamente con mis dedos hasta llegar a la cabeza. Tengo años de no tocar uno, me da un poco de risa. Lo estimulo suavemente, siento como comienza a erguirse hasta ponerse totalmente erecto.

Escena 6

¡Eres una cabrona! Me dice mientras se voltea y se avienta encima de mí. Me toma de las manos, acerca lentamente su rostro al mío y me besa. Se viene un tumulto de ricos besos intensos y calenturientos, ansiosos y deseosos de transgredir mi lesbianismo y su heterosexualidad. Comienza a frotarse entre mis piernas, yo las abro con toda la provocación que puede albergar mi cuerpo, él me entiende, agarra su verga con una mano y acompañado de un jadeo, la introduce hasta el fondo.

En efecto, se la está metiendo a una lesbiana. Mientras todo está oscuro y no puedo ver su rostro me clavo en la sensación de como entra y sale un trozo de carne por mi vagina en repetidas ocasiones, comienza a generarme una sensación de lo prohibido.

Me pregunto: ¿Cómo puedo transgredir mi condición lésbica más allá del límite? “Atragantarme de su miembro viril”, es mi respuesta. Suelto el cuerpo despojándome de cualquier tipo de pudor, le pido que me ponga su verga en la cara, restriego mis mejillas en ella, abro la boca y con mi mano derecha la tomo para deslizarla por toda mi boca y después meterla hasta el tope de mi garganta.

Me pide que me ponga boca abajo, me levanta el culo y se la pone encima, entre mis nalgas, su mano recorre la curva de mi entrepierna internándose cada vez más al grado de querer introducir uno de sus dedos por mi ano. Un flashback aparece en mi memoria: estoy sentada en la taza de baño, siento que me arde el ano y que me escurre un líquido, volteo hacia abajo y al separar mis piernas veo que el agua esta roja. Me levanto y confirmo que es sangre. Introduce el segundo falange distal por el orificio, y automáticamente aprieto el esfínter y no dejo que nada entre por él, me acuesto por completo en la cama y me volteo.

-¿Qué pasa? Apenas estoy metiendo el dedo y automáticamente tu libido se apaga.

-Tengo problemas con que introduzcan cosas por mi ano.

-Pero es mi dedo.

-Lo que sea. Tuve una situación muy incómoda y la verdad no puedo dejar la paranoia de lado.

-O.k.

Me abraza en “cucharita” y frota con su mano libre todo mi cuerpo, manosea mis tetas, estimula mi clítoris, me besa el cuello, me chupa la oreja y me prende nuevamente. Volvemos a coger hasta que se viene. Se viene y no tiene preservativo. Le pido que no se salga, quiero sentir como se encoge dentro de mí.

Sigo caliente, quiero más porque estoy acostumbrada a durar horas cogiendo con mujeres. Le pregunto si está dispuesto a todo. Obviamente me pregunta qué es todo. Tomo su mano y le pido que meta dos dedos por mi vagina. Los mete, pero luego le demando que introduzca un tercero, un cuarto y un quinto. Tomo su muñeca y la empujo hacia dentro, el sigue moviendo la mano hacia afuera y hacia dentro con mucha prudencia, cojo su brazo y lo empujo, lo empujo, lo empujo… ¡Arggg! Veo una luz blanca que me ciega, pero entra toda la mano por completo.

Hace una exclamación de asombro. Le pido que despacito empuñe la mano. Lo hace con miedo, cada dos minutos pregunta si estoy bien. Le pido que mueva el puño como si fuera su miembro, hacia delante, hacia atrás. Comienza a cogerme con el puño, descansa su cabeza en mi abdomen, siento su boca abierta jadeando. El movimiento se vuelve más fuerte, más rápido, empieza a emocionarse; tremenda cogida me está poniendo e inconscientemente me voy moviendo hasta que de repente me desequilibro de la cama. Me sostengo del mueble donde guardo mi ropa, pero la mitad de mi cuerpo está volando. Me sigue cogiendo, rápido y fuerte. Ya mis brazos se cansan y no puedo sostenerme más, me dejo caer por completo al suelo zafándome de su mano. Me levanta y me acuesta, a los cinco minutos me quedo dormida.

Escena 7

Está a punto de entrar a la sala de espera. Trae su maleta en el hombro, busca su boleto de avión y lo coloca en su bolsa trasera del pantalón. Voltea a verme, me sonríe y me dice:

-¡Demonios! no me quiero ir.

-Lo sé.

-Muchas gracias por tu hospitalidad, por lo que veo las veracruzanas son muy acogedoras.

-Así es, cuando quieras, ya sabes.

Después del momento sarcástico nos miramos sin decir nada por unos segundos, me abraza y correspondo con gusto, me da un beso en la boca y se despide.

Escena 8

Al día siguiente, recibo un correo de Vicente en mi bandeja de entrada con el título Dama Hombre:

Te besaría hasta pulverizarme los labios.
Te chuparía el cuerpo entero,
hasta sacarte el tuétano,
para que la materia de tus huesos
se confundiera con la de mi estómago.
Me dejaría triturar entre tus dientes
y convertirme en una masa sin forma,
en una cosa sin nombre,
un molusco en el abismo,
un reptil australiano;
para después, así derramado,
regresar a hombre entre tus piernas.